Historia de Lázaro Blanco

Lázaro Blanco, el milagrero entrerriano

En los espesos montes del norte entrerriano a principios del mes de septiembre se recuerda el fallecimiento de Lázaro Blanco, el mítico chasqui fulminado por un rayo al que los pobladores de la región le atribuyen propiedades místicas y la capacidad de realizar milagros.

 

La evocación guarda similitud con las tradicionales romerías españolas y se enmarca en una mezcla de ceremonias religiosas y paganas, en las que abundan los rezos, canciones, comidas, bebidas y una bailanta final.

La fiesta comienza con una colorida caravana que parte a las 5 de la mañana desde la plaza principal de Feliciano, 286 kilómetros al noreste de la capital entrerriana, integrada por devotos que recorren un tramo de casi 15 kilómetros a pie, en bicicleta o a caballo.

Tras una larga caminata hasta el lugar donde murió en 1886, los peregrinos participan de una misa, un almuerzo y una bailanta chamamecera, en la que se destacan los paisanos de la zona con sus trajes tradicionales y sus ungidas y muy bien cuidadas cabalgaduras.

En la investigación realizada por el periodista José María Ramos y publicada por el Archivo Histórico General de Entre Ríos, consta que Lázaro -más conocido como Chalo- era un joven que se dedicaba a las tareas rurales en San José de Feliciano.

Era un reconocido baqueano de esa zona de la Selva de Montiel, caracterizada por los tupidos montes y los inaccesibles caminos, en los que pocos se aventuraban a transitar solitariamente.

A pesar del peligro que acechaba en esos parajes, donde bandas de salteadores y bandidos esperaban al desprevenido viajero, Lázaro los recorría confiadamente sin portar ningún tipo de armas de fuego.

Lázaro vivía con Isabel López, con quien tuvo cuatro hijos que llevaban el apellido materno porque Feliciano no contaba en esa época con un registro civil y la pareja no estaba casada, algo muy común en aquellos tiempos en la campaña entrerriana.

El 27 de septiembre de 1886, el jefe de policía de Feliciano necesitaba enviar un mensaje hasta La Paz, a 90 kilómetros, y hacer traer desde esa ciudad el dinero para el pago de los salarios de los policías de la localidad.

El tiempo estaba amenazante y los criollos de la región sabían que el temporal que se avecinaba sería extremadamente peligroso, por lo que los chasquis de la zona rechazaron el ofrecimiento.

Lázaro se ofreció voluntariamente a realizar el peligroso recorrido.

Tenía 27 años de edad y un caballo tordillo, que fue rápidamente reemplazado por otro de pelaje gateado porque la creencia popular indicaba que el pelo blanco del animal atrae los rayos.

Cambió su caballo en la casa del alcalde de Feliciano, Goyo Pérez, tomó un jarro de mate cocido y cuatro tortas fritas que le preparó su mujer y salió a todo galope hacia la ciudad de La Paz.

Cuando apenas había recorrido 15 kilómetros, el temporal lo obligó a refugiarse debajo de un añoso algarrobo, donde fue alcanzado junto con el caballo por un rayo que fulminó a ambos.

Tres días después encontraron su cuerpo, que fue trasladado hasta el rancho que habitaba con su familia.

Por la forma de su muerte fue velado tapado con un lienzo y sepultado sin féretro, y pasó al olvido rápidamente.

Hasta que el productor rural Ciriaco Benítez, desesperado por la gran sequía que asolaba el norte entrerriano, se acostó una tarde debajo de un frondoso árbol y tuvo un sueño en el que se le presentó un joven que le dijo que no se preocupara, porque en la madrugada siguiente llovería en la zona.

En el sueño, el desconocido le dijo que era su amigo y que si quería conocerlo que fuera a visitarlo a un lugar que le detalló a la perfección. Fue y encontró una cruz de madera con la inscripción: “Lázaro Blanco, muerto en septiembre de 1886”.

Al día siguiente se abatió una torrencial lluvia, que terminó con la sequía. Benítez difundió lo sucedido y el suceso se convirtió en el primero de los milagros de Lázaro.

En 1904 el cementerio viejo de Feliciano fue trasladado por la construcción de la ruta provincial número 1 y al abrir la tumba del chasqui milagroso, sus familiares encontraron el esqueleto en perfecto estado de conservación, a pesar de que había sido enterrado sin féretro.

En el nuevo cementerio, un albañil le construyó a Lázaro un sepulcro, donde se acumularon una notable cantidad de placas, joyas y objetos de todo tipo, que son colocados a modo de ofrenda.

Además de la sepultura, Lázaro tiene un templete que lo recuerda en el lugar donde fue alcanzado por el rayo, en el viejo camino de tierra a La Paz. También allí hay una singular diversidad de ofrendas, entre ellas vestidos de novia, zapatos de fútbol, sombreros, cuchillos, camisetas de fútbol y velas.

A un costado, silencioso, se conservan los restos del algarrobo fulminado por el rayo, bajo el cual Lázaro Blanco buscó refugio el día de su muerte.

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